Una conocida actriz venezolana declaró hace pocos días a la prensa nacional, que se considera anoréxica sexual. Sin embargo, dice haberse hartado durante su juventud y madurez temprana de abundante carne de toreros, que no de toros, por lo cual ahora, en la tercera edad, está feliz y sin preocupaciones. Y revisando diccionarios, encontré que Anorexia es una enfermedad psiquiátrica que produce el rechazo sistemático de los alimentos. En otras palabras, pérdida total de apetito.Pero existen distintos tipos de apetitos y hay, también, alimentos para el cuerpo y para el alma. Así, pues, por extensión, la anorexia no sólo está relacionada con el rechazo a la ingesta de comestibles sino también con el rechazo a los valores, las costumbres, el conocimiento y todo cuanto signifique nutrientes para el intelecto y la psique.Uno de esos alimentos indispensables para el alma es el conocimiento acerca de las tradiciones, las bellas artes, la idiosincrasia, el arte popular, el sentido de pertenencia y la identidad nacional. Lo cual, por cierto, no sólo se adquiere en las aulas sino también en el hogar, la calle y en los entornos sociales y psíquico de cada uno de nosotros. En eso que llamamos universidad de la vida.Pareciera que somos, si vale el calificativo y parafraseando a la anteriormente mencionada actriz, anoréxicos culturales. Es decir, rechazamos todo cuanto tenga que ver con el conocimiento y cultivo de la sabiduría humana. La misma que guarda relación con el folclor, las cosmogonías, las teogonías, estilos y formas de vida.Por otra parte, rechazamos las particularidades de muchos pueblos, pero pretendemos imponer las nuestras a costa de lo que sea. Es decir, la superioridad de la raza. Ni más ni menos.No niego las realidades científicas. Todo lo contrario. Soy defensor a ultranza de la ciencia y la tecnología. Creo en ellas como garantes del desarrollo social, pero en función de la felicidad y del verdadero progreso para todos. Para mí, los avances científicos deben ir hermanados con el crecimiento y florecimiento cultural.No se trata de vivir apegados al pasado sino de crecer y avanzar sin transculturización, sin imposiciones, sin propaganda oscura o subliminal, sin adoctrinamiento con ideologías contrarias al bien común y a la identidad nacional, sin barreras a las ideas universales, con discusión abierta y franca, con libertad de expresión y de pensamiento, y, sobre todo, sin pisotear la dignidad de los ciudadanos.La felicidad no llega sola, como caída del cielo, ni tiene el color de una ideología o parcialidad política en particular. Éstas, probablemente ayuden o sean parte de ella, pero el verdadero bienestar y la prosperidad real necesariamente tienen que estar acompañados del contento y gozo colectivos. Y sólo se hacen presentes en los brazos de la educación, la cultura y el trabajo creador.Necesitamos, pues, combatir la anorexia cultural y hartarnos del verdadero saber, llenarnos hasta la saciedad del conocimiento que nos hará grandes, realmente grandes, como nación y como república. Pero comencemos ahora porque el camino es largo y culebrero.
viernes, 23 de noviembre de 2007
La ANOREXIA
Una conocida actriz venezolana declaró hace pocos días a la prensa nacional, que se considera anoréxica sexual. Sin embargo, dice haberse hartado durante su juventud y madurez temprana de abundante carne de toreros, que no de toros, por lo cual ahora, en la tercera edad, está feliz y sin preocupaciones. Y revisando diccionarios, encontré que Anorexia es una enfermedad psiquiátrica que produce el rechazo sistemático de los alimentos. En otras palabras, pérdida total de apetito.Pero existen distintos tipos de apetitos y hay, también, alimentos para el cuerpo y para el alma. Así, pues, por extensión, la anorexia no sólo está relacionada con el rechazo a la ingesta de comestibles sino también con el rechazo a los valores, las costumbres, el conocimiento y todo cuanto signifique nutrientes para el intelecto y la psique.Uno de esos alimentos indispensables para el alma es el conocimiento acerca de las tradiciones, las bellas artes, la idiosincrasia, el arte popular, el sentido de pertenencia y la identidad nacional. Lo cual, por cierto, no sólo se adquiere en las aulas sino también en el hogar, la calle y en los entornos sociales y psíquico de cada uno de nosotros. En eso que llamamos universidad de la vida.Pareciera que somos, si vale el calificativo y parafraseando a la anteriormente mencionada actriz, anoréxicos culturales. Es decir, rechazamos todo cuanto tenga que ver con el conocimiento y cultivo de la sabiduría humana. La misma que guarda relación con el folclor, las cosmogonías, las teogonías, estilos y formas de vida.Por otra parte, rechazamos las particularidades de muchos pueblos, pero pretendemos imponer las nuestras a costa de lo que sea. Es decir, la superioridad de la raza. Ni más ni menos.No niego las realidades científicas. Todo lo contrario. Soy defensor a ultranza de la ciencia y la tecnología. Creo en ellas como garantes del desarrollo social, pero en función de la felicidad y del verdadero progreso para todos. Para mí, los avances científicos deben ir hermanados con el crecimiento y florecimiento cultural.No se trata de vivir apegados al pasado sino de crecer y avanzar sin transculturización, sin imposiciones, sin propaganda oscura o subliminal, sin adoctrinamiento con ideologías contrarias al bien común y a la identidad nacional, sin barreras a las ideas universales, con discusión abierta y franca, con libertad de expresión y de pensamiento, y, sobre todo, sin pisotear la dignidad de los ciudadanos.La felicidad no llega sola, como caída del cielo, ni tiene el color de una ideología o parcialidad política en particular. Éstas, probablemente ayuden o sean parte de ella, pero el verdadero bienestar y la prosperidad real necesariamente tienen que estar acompañados del contento y gozo colectivos. Y sólo se hacen presentes en los brazos de la educación, la cultura y el trabajo creador.Necesitamos, pues, combatir la anorexia cultural y hartarnos del verdadero saber, llenarnos hasta la saciedad del conocimiento que nos hará grandes, realmente grandes, como nación y como república. Pero comencemos ahora porque el camino es largo y culebrero.
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